
Mi acercamiento con la disciplina positiva inicialmente fue mediado por el escepticismo; una filosofía que le apostaba a los resultados a largo plazo, en la que aparecía la conexión niño-docente y mantenía esa firmeza y amabilidad de manera simultánea, me parecía un tanto utópica. Fue cuando dejé de verla como teoría aislada de la práctica que adquirió sentido en mi vida, tanto así que de manera inconsciente empecé a identificar las emociones tras la conducta de mis amigos y familiares, gracias a ello he ido adquiriendo inteligencia emocional, a comunicar lo que siento y pienso en diversas situaciones. El vivenciar de manera real la filosofía de la disciplina positiva es lo que me ha permitido realizar un verdadero cambio no sólo dentro del aula, sino en mi contexto diario.